martes, 27 de noviembre de 2012


Agonía

       Siento una presión en el pecho que me impide respirar. Me encoge el corazón hasta producirme náuseas. Vomito repetidas veces. Mi estómago no ofrece ya más que bilis, cuya acidez me produce nuevas náuseas. Apenas me ha dado ese monstruo algo de pan duro desde que me encerró, hace ya..., he perdido la noción del tiempo... Si no tengo escapatoria, que sea rápido, indoloro... No quiero acabar colgado por el cuello como el resto de mis congéneres que aquí agonizan. ¡No!..., ha clavado sus ojos sanguinarios en los míos..., ¡ahí viene!..., se acerca con una maquiavélica sonrisa... Maldita vida perra...


martes, 13 de noviembre de 2012


Por qué


Y es que, ¿qué puedo hacer?

Quizás no esperabas ansiosamente, como me pasaba a mi, una respuesta.

Y ahora, ¿qué? Me cansé de escribirte, no hallaba correspondencia.

Y es extraño, pues siento la necesidad de compartir mis momentos contigo.

Y ahora, ¿qué? Sólo me queda consumirme en mi agonía de deseos no correspondidos.

Y es extraño, porque apenas no conocemos.

miércoles, 17 de octubre de 2012


Engaño


I

Me engañaron, al principio: las miradas furtivas por encima de los libros; el recorrido de tus ojos siguiéndome hasta que me perdía de vista; el nervioso movimiento de tu cuerpo cuando te sabías vigilada.

Me engañaron: las nimias palabras que me dedicabas, que interpretaba erróneamente, pues, ¿para qué ibas a hablarme, si no éramos amigos, si no es porque tenías interés?

Me engañaron: tus sonrisas mirándome a los ojos; tus ojos fijos en mi; la sonoridad del choque de tus labios contra mis mejillas.

Me engañaron, más tarde: que eligieras el asiento de mi lado, y no otro, del anfiteatro; tus invitaciones a café sin motivo; tus manos, jugueteando con cualquier objeto para canalizar la tensión.

Me engañaron: los paseos que compartíamos hasta la esquina, donde cada día nos separábamos, y donde al día siguiente nos reencontraríamos; las conversaciones que seguían en la esquina tras habernos despedido.

Me engañaron, al final: tus deseos de tenerme cerca a deshoras; tus lágrimas, derramadas sobre mis hombros cuando lo necesitabas; y la percepción que hice de la realidad: no ver que simplemente éramos amigos.


II

Y te culpo por ello: por la omisión de explicitud; por el margen que concedías a la interpretación; por la ausencia de negación.

Te culpo: por no haber actuado consecuentemente, y acomodarte en lo que para ti era una amistad; por no haber sido fiel a las normas de la ética y de la moral.


III

Me mataste: cuando tus palabras de hasta pronto, entre lágrimas, prometían traerte de vuelta, y no nos volvimos a ver.

Me mataste: permitiendo que nuestra esquina perdiera la identidad que durante años le dimos, llegando a convertirse en una más del trayecto; tolerando que otra se sentara a mi lado, en tu lugar; y consintiendo que los cafés dejaran de tener razón de ser.

Me mataste: al dejar que fuera el tiempo, y no tú, quien me explicara que yo era prescindible.

Me mataste: con la ausencia de ti.



lunes, 1 de octubre de 2012

A Belén y Manolo, que se han casado en este inicio del otoño de 2012. Felicidades.



Nosotros


Sonrío, al evocar el día en el que apareciste, así, sin más. Lo recuerdo como si no hubiera pasado el tiempo.

Y ahora, míranos, ¿quién nos lo iba a decir?

Entraste en mi vida sin avisar, y te hiciste con ella. Te convertiste en una necesidad. Aunque fue una necesidad recíproca, pues yo también me hice con tu vida.

Hicimos de nuestra existencia una mutua adicción.

Y, desde ese momento, empezamos a crear nuestra propia realidad. Realidad perenne, la que nos empuja hoy a estar aquí.

Pero cuidado, te digo. Seamos prudentes, pues, en ocasiones, me sorprendo gastando tus bromas, y haciendo tus tonterías. Y me gusto, pero a la vez me asusta,
pues puede llegar el momento en el que no me encuentre.

Seamos, como las cuerdas de la guitarra, donde cada una tiene su nota, pero que juntas suenan en armonía.

Por eso, cariño, te digo, que sepamos convivir, más también conservar nuestra identidad.

Y ahora, respóndeme: Qué será de mi, si un día, de repente, desapareces.

Qué será, dime, pues tú eres la causa de mi felicidad.



sábado, 22 de septiembre de 2012


No me odies


No me odies. No lo hagas porque ya no sienta lo que antaño sentía, pues nadie es dueño de sus sentimientos.

No me odies por no haber buscado una casa para los dos, pues nos hubiéramos arrepentido.

No me odies. No lo hagas porque no hayamos tenido nuestros hijos, pues, ¿qué hubiera sido hoy de ellos?

No me odies, porque odiando no te estás respetando.

No me odies. No lo hagas por no firmar hoy lo que otrora sí hubiera hecho: no separarnos jamás.

No me odies porque dejara de quererte.

No me odies. No lo hagas, porque odiar, como siempre dice mi madre, es un lastre.

No me odies, aspiras a algo mejor.

No me odies. No lo hagas, pues vales mucho, y tienes un mundo de posibilidades por descubrir.

No me odies por estas razones que te doy, pues nada se merece que odies.

No me odies. No lo hagas, pues el amor se acabó, y hubiera sido de cobardes, y conformistas, mantener algo muerto.

Además, no seas hipócrita, tú también dejaste de quererme, y de pensar en nuestra casa, y en nuestros hijos.

Y cuando eso pasó, ya no hubieras firmado un amor eterno como otrora sí hubieras hecho, porque el amor se acabó. Y el amor, como los sentimientos, son algo que no podemos controlar.

No me odies. No lo hagas, por favor, porque aunque no hayamos tenido nuestra casa, ni nuestros hijos, ni nos queramos ya, me sigues importando.

Así que no me odies, y sé feliz, pues si tú eres feliz, yo tengo una razón más para serlo.

martes, 11 de septiembre de 2012

Oda a la desconsideración


Apartad, ¡me agobiáis!

Dígale a sus niños que dejen de corretear, ¡invaden mi espacio vital!

De acuerdo, no estoy en mi casa, pero esto es un espacio público, y por esto, todo el mundo tiene derecho a sacarle provecho.

No alcanzo a comprenderlo..., tiene un kilómetro de playa, ¡e hinca el palo de su sombrilla a un metro de mi toalla!

No pido un radio a mi alrededor de 10 metros, que por otro lado no estaría mal para empezar, ¡pero es que estoy oyendo el menú que ha traído para jamar!

¿No puede entender que no está en sus dominios privados?

Señora, por favor, que cualquiera diría que una semana va a acampar..., ha montado un chiringuito lo suficientemente grande como para que su marido, la pareja de viejos, ese que roza la cuarentena, los tres niños hiperactivos y usted, quepan para almorzar, ¿no puede pensar que semejante tinglado, a un paso de mi humilde asentamiento, puede hacerme sentir fuera de lugar?

Si tan sólo es una cuestión de empatizar... No joda, señora, póngase en mi lugar.


viernes, 15 de junio de 2012

Si no me quiere, prefiero morir


I

       Con aquel chico, Jorge, se había vuelto a ilusionar. Su vida había vuelto a adquirir sentido. Si tenía que despegarse de él aunque fuera tan sólo por unas pocas horas, como cuando se iba a jugar al fútbol con sus amigos, ella sufría, y sólo esperaba el momento en el que él terminara el partido para volver a casa, donde ella lo solía esperar con la cena preparada, con los platos que a él más le gustaban. Vivían ambos en la ciudad Condal, donde se habían conocido en la facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Barcelona. Cada uno vivía en un piso alquilado “de estudiantes”, de esos de alquileres elevados y grandes carencias, ya se tratara de una lavadora que desteñía la ropa de forma sistemática, por un problema con la temperatura del agua, o de una vitrocerámica antigua de 4 placas, de las que tan sólo funcionaba una. No obstante, podríamos decir que vivían juntos: Desde que se conocieron sus vidas se habían fusionado en una sola. Compartían piso siempre, fuera el de él, fuera el de ella, lo cual hacía un poco estúpido el gasto de dos alquileres, cosa que hacía enervar a los padres de ambos, pues eran los que financiaban los estudios de los dos. Llevaban así 5 años, desde que se conocieron en 1º de carrera. Habían pasado sus 5 años de estudios universitarios como novios, y ahora estaban a punto de licenciarse y de empezar a buscarse las castañas por sí mismos. Esos 5 años de relación fueron maravillosos para Carla y Jorge. Fueron maravillosos hasta que el amor se acabó. Hubieran ambos firmado quererse y permanecer juntos hasta la muerte, pero desgraciadamente el amor es una ciencia infusa que se iba igual que venía, sin saberse por qué, sin motivo, de forma irracional. Fue entonces, en 5º de carrera, cuando las mariposas del estómago de Jorge dejaron de mover las alas, y de hacerle cosquillas. Ya no iba a casa de Carla después de los partidos de fútbol, ni la llamaba después de un día entero sin verse. Ya no la quería.

       Jorge empezó a sentirse incluso culpable de haberla dejado de querer después de la intensidad del amor que ambos se habían profesado. Ella en cambio lo seguía queriendo igual, como siempre, hasta la muerte, y ver que él ya no la quería le suponía el peor de los sufrimientos. Era una condena que no podía soportar. Por eso el día en el que él reunió el valor suficiente como para hacerla entender que ya no la quería y que la relación que tenían se había acabado, ella entró en una depresión tan grande que la llevó al extremo de un intento fallido de suicidio: Era diabética y dejó de inyectarse sus dosis de insulina, hasta que entró en coma por hipoglucemia grave, por un nivel extremadamente bajo de glucosa en sangre. Sin él, ella no quería vivir.

       Por su parte, Jorge estaba al corriente de aquel intento de suicidio, pues ambos tenían amistades en común que lo ponían al día de la evolución de Carla, así que sabía por todo por lo que ella estaba pasando. Ya no la quería a ella, pero tampoco quería a las demás. Había experimentado un amor tan profundo, una devoción tan grande, una pasión tan intensa, que la vida ahora le parecía nimia y sin sentido, y las chicas, vulgares. Le parecía un milagro que alguna chica pudiera estar algún día a la altura que Carla impuso.


II

       -¡Carla, Carla, despierta!, ¡estás teniendo una pesadilla!- ella abrió los ojos y se irguió súbitamente. Tenía el semblante pálido, y un sudor frío la empapaba por completo. Tenía escalofríos y temblaba ligeramente. Su temperatura corporal era más baja de lo normal. La expresión de su rostro, completamente descompuesto, dejaba ver el pánico que aquella pesadilla le había provocado.
       -Ten, cielo, bebe agua. No pasa nada, estás aquí conmigo. ¡Estás helada!, toma, tápate, tienes que entrar en calor. Dime, ¿qué has soñado tan horrible como para que te despiertes así?
   Carla estalló en un lastimero sollozo que desembocó en llanto. Cuando consiguió recomponerse dijo:
      -Ay Jorge, he soñado que dejaba de inyectarme mis dosis de insulina. He soñado que me suicidaba.
    Tras decir esto volvió a estallar en un nuevo y desconsolado llanto. Era un llanto desgarrador que hacía poner el bello de punta.
       -Pero Carla, ¿qué dices?, ¿por qué ibas a querer suicidarte?
       -Jorge, he soñado que me suicidaba porque dejabas de quererme.
      -Eso es imposible cielo, yo nunca voy a dejar de quererte, ¿entiendes? Nunca. Tú y yo vamos a estar juntos siempre.
       Y con la seguridad de que todo estaba en orden, Carla volvió poco a poco a entrar en calor y a quedarse dormida entre los brazos de Jorge.


III

      -¡Carla, Carla!, ¡hija mía!, ¡te has despertado! ¡Llamen al doctor, urgente!, ¡mi hija ha salido del coma! ¿Cómo te encuentras mi niña? ¡Gracias a Dios que te has despertado!
Carla se había despertado del coma con una sonrisa en los labios. Su expresión era relajada, y manifestaba felicidad. Sus ojos no terminaban de enfocar correctamente en el lugar en que se encontraba. Parecía ausente. Su mente no estaba en aquella habitación del hospital Clinic I Provinzal de Barcelona. Parecía como si algún bonito sueño la hubiera empujado a salir del coma diciéndole “Carla, ¿por qué seguir pasándolo mal?, ¿por qué seguir con el sufrimiento?, despiértate y vive, que vida sólo tenemos una y hay que aprovecharla”. En las próximas horas Carla fue adquiriendo poco a poco conciencia de la realidad. Fue recordándolo todo con la ayuda de su madre, que, a su lado, se encargó de que ella adquiriera nuevamente conciencia de su situación. Poco a poco el rostro relajado con el que Carla había despertado empezó a cambiar y a adquirir expresión de terror. Sus facciones empezaron a tomar formas desencajadas, y sus ojos se abrieron mucho, hasta el punto de que parecía que se iban a salir de sus órbitas. Sus pupilas se contrayeron hasta la cuasi desaparición, dejando pacíficamente que el iris invadiera su espacio. Estaba prácticamente ciega. Su temperatura corporal había cambiado drásticamente: Primero subió mucho, hasta hacerla tener una fiebre de 45 grados, para bajar luego hasta los 30 grados. Sufría ahora una hipotermia grave. Su tensión, por tanto, había subido y bajado en picado. Ahora temblaba y sudaba fríamente. Sus constantes vitales eran tan bajas que desafiaban la muerte: Estaban en el límite de dejar de latir y de que la declararan muerta. El rostro de Carla era de pánico. No hablaba, no reaccionaba. Había entrado en un estado de shock, y tan sólo repetía con agonía una y otra vez para sí misma y mirando al vacío: “Si no me quiere, prefiero morir”. Se había despertado del coma a mediodía, para una hora más tarde entrar en ese estado de shock. Los médicos estuvieron toda la tarde intentando reanimarla, hasta que, finalmente, sobre las 8 de la tarde, tuvieron que declarar su muerte cuando las constantes vitales de Clara desaparecieron.