lunes, 30 de abril de 2012

Rinoceronte y avestruz

   ¡Posyavestruz!- díjole Rinoceronte a Avestruz en tanto que la conversación, en una manifiesta ofensiva tras haber sido herido por el comentario poco afortunado de la anterior, que decía: "Rinoceronte, tira para el monte con tus amigos los bisontes, y deja de dar por culo, coño".

   Y es que, aunque amigos, enemigos eternos, por tradición. Viene de antaño este enfrentamiento, que con el paso del tiempo no ha ido menguando, sino creciendo, y para el que sería empresa perdida buscar ungüento. Ya los padres de Rinoceronte y Avestruz, y los propios de estos, y así ascendiendo hasta no se recuerda dónde, se humillaban, se maltrataban. No obstante, ambos clanes, a pesar de tantas hostilidades, se necesitaban, se complementaban. Llevaban una extraña y singular relación, como la que en una democracia llevan Gobierno y oposición.

     Entre un clan y otro acaparaban, normalmente alternándose, "el liderazgo" de la sabana. Ese natural liderazgo cambiaba periódicamente cuando se produjera el general hartazgo, cuando las especies de la sabana dejaran de considerar representante legítimo al que el poder ostentara. Los Rinocerontes se habían hecho líderes de entre cebras y antílopes, búfalos y bisontes, jirafas y elefantes. La actitud mediadora que dominaba el carácter de estos gigantes terrestres, y la tranquilidad y parsimoniosidad con la que llevaban sus relaciones con los demás animales los habían llevado a líderes naturales de entre los herbívoros. Y en el lado contrario se encontraban los predadores, de entre los cuales, curiosamente, las avestruces se habían erigido en la posición de líderes. Los sabios de la sabana este suceso explicaban viendo cómo leones, chacales e hienas entre ellos se neutralizaban; todos demasiado competitivos como para cederse un poder que tanto ansiaban. Así, las avestruces habían conseguido hacerse un hueco conciliador entre tanta chabacanería. La vida en la sabana, como vemos, a carnívoros contra herbívoros se reducía.

   “¡Oportunistas, aprovechados, caciquistas, acomodados!", pensaban los hijos de tatarabuelos de Rinoceronte y Avestruz. Y “¡Oportunistas, aprovechados, caciquistas, acomodados!", reincidían las malsonantes en los pensamientos de los hijos de los hijos de tatarabuelos de uno y otro. Y así hasta que “Oportunistas, aprovechados, caciquistas, acomodados" llegaba por inercia al pensamiento de Rinoceronte y Avestruz. Pero claro, ¿cómo no iban a derivar sus pensamientos en estas palabras viendo cómo convivían desde hace siglos los clanes líderes con el resto de animales de la sabana?:

     No sería de justicia dejar de contar aquel suceso que la indignación general inevitablemente haría estallar: Ocurrió, durante la gran sequía que asolaron las tierras de Rinoceronte y Avestruz durante más de 4 años, que Rinoceronte “El Sinscrúpulo” guió a todos los animales a nuevas tierras. Se produjo el éxodo que aún hoy sigue en la memoria de todos los animales de la sabana. Se caminó entre tierras secas e infértiles durante semanas hasta que se llegó a un gran lago medio seco, pero con las reservas de agua suficientes como para dar de beber durante algún tiempo a varios clanes. Los animales se asentaron ahí y el agua se racionó. Cada especie, según necesidades, bebería cierta cantidad. Siguió sin llover durante mucho tiempo, o, si lo hacía, era muy poco, lo justo como para que el lago no llegara a secarse del todo, lo que obligaba a reducir cada cierto tiempo las dosis de agua para poder administrarla mejor. Los animales de las especies más vulnerables comenzaron a morir por deshidratación e inanición. Dieron el pistoletazo de salida a una masacre que se llevó por delante a casi un tercio de los miembros de toda la sabana. Sin embargo, era curioso observar cómo la salud de Rinoceronte “El Sinscrúpulo” y allegados, nunca mermaba: Sobornando a los responsables que hubieren, o nombrando a dedo a los que los sustituyeren, el gobernante había defraudado el sistema que se había creado tan meticulosamente por todos los animales en concilio para racionar el agua, consiguiendo raciones extra. Un buen día, comenzó a llover, y los que sobrevivieron a esos 4 años pudieron abandonar de una vez el exilio que a tantos había hecho perecer.

   Inevitablemente, las miserables actuaciones encubiertas del que en su caso fuera gobernante, daban lugar a rumores que provocaban entre los animales pensamientos indignantes. Pero esto no era problema para los líderes, pues por las mismas vías por las que lo conseguían todo, sobornos e influencias, o bien conseguían el favor de animales influyentes en la sabana, que de desmentir esos rumores se encargaban, o bien mimaban al más afectado sector animalesco durante el tiempo que hiciera falta para reducir el descontento. Este era el procedimiento escandaloso que llevaban a cabo rinocerontes y avestruces para salir airosos de los alborotos.

       Rinoceronte y Avestruz eran conscientes de todo el entramado sucio en el que vivían y del que se aprovechaban, y del que, aunque les avergonzara, parte formaban. Ambos ansiaban algún día ser líderes, y cambiar el orden de cosas que las costumbres de los gobernantes y el paso de los siglos habían consolidado. No querían que pertenecer a los clanes históricamente líderes de la sabana acabara volviéndolos insensibles hacia lo que ellos mismos habían criticado. No querían llegar a normalizar el injusto sistema que sus ascendientes y allegados habían conformado. No querían que la exposición permanente al entorno en el que vivían hicieran mella en sus valores éticos y morales, y acabaran entrando en el juego que tanta repulsión les había provocado. Todo esto es lo que más temían Rinoceronte y Avestruz, más que la plaga y la sequía, más que la epidemia y la inundación, más que la caza furtiva y la desertización. Sin embargo, no se daban cuenta de que aunque aquellos les parecieran pensamientos nobles, que en ellos había un trasfondo que hacía caer en saco roto todas buenas intenciones. No se daban cuenta de que anteponiendo su salud ética y moral a plagas y sequías, aunque estas últimas no dependieran de su voluntad, que estaban haciendo gala de un egoísmo visceral. No se daban cuenta de que anteponiendo la inviolabilidad de su conciencia a la epidemia y a la inundación estaban ya entrando en el juego. No se daban cuenta de que anteponiendo su ego a la caza furtiva y a la desertización habían condenado a la sabana antes siquiera de haberla gobernado.


viernes, 13 de abril de 2012


Reflexiones de borrachos

      -Está claro que es de eso, ¿De qué si no? Vale que se tenga una mala memoria, pero eso sólo hace que en todo caso se acentúe la amnesia.
       -¿De qué hablas?
       -Perdona, estaba pensando en voz alta.
      -Puf, te estás quedando peor de la cabeza que el loco ese, el que está siempre sentado en la marquesina de la rotonda que homenajea a Blas Infante.
       -¿Qué loco?
     -Tío, el que se pasa los días ahí sentado mirando el edificio de enfrente..., como buscando una inspiración que no le llega para hacer lo que quiera que haga en el cuaderno que lleva siempre encima.
       -Jaja, tú sí que te estás quedando loco. Yo estaba pensando en las mamadas como ciclones que se pilla Gil. ¡Y después no se acuerda de nada! Es como si hiciera un paréntesis en su vida durante las 3 horas que le duran el pelotazo. Esas 3 horas son como una especie de sueño que cree haber vivido, y del que va recordando cosas al azar que llegan a su memoria sin motivo aparente, y a partir de las cuales va reconstruyendo la historia de ese paréntesis plagado de lagunas.
       -Sí, es verdad tío, es un poco..., ¿cómo decirlo? Penoso. Te levantas al día siguiente sin haber tenido ni idea de lo que habías hecho. Beber para olvidar. A eso creo que se le llama amnesia alcohólica. A Gil le pasa a menudo. A lo mínimo que bebe ya empieza a olvidar al día siguiente. A mi raras veces me pasa eso. Ni cuando me pillo mamadones como el que llevaba ayer Gil.

       Tras un paréntesis de tragos, miradas perdidas y reflexiones internas:
       -Tío, ¿de qué estábamos hablando?, ¿qué te acabo de decir?
       -Ni idea...
       -Joder macho, con esta memoria parezco un demente.
       -Si no te acuerdas, una de dos: o era mentira o no era importante.
     -No me vaciles que tú tampoco te acuerdas... Madre mía, estoy súper ciego. Esto va a ser la amnesia alcohólica, que nos la ha contagiado Gil...
       -Eso no se contagia gilipollas.
       -Qué listo tío... ¿Otra copa?
       -Venga.

       Tras una copa más, la que les hizo perder la cuenta de las que llevaban:
      -Compadre, pues sí que es grave no acordarse de las cosas cuando se bebe. Es una droga fuerte el alcohol, ¿eh?
      -Sí, ¿y qué me dices de las de locuras que se hacen? Sin ir más lejos, y hablando del rey de Roma, el fin de semana pasado, cuando Gil y yo nos pillamos un ciego, nos pusimos a jugar al fútbol en la calle con una botella medio llena de agua que nos encontramos. Él me tiraba tiros y yo hacía de portero, y me tiraba por el suelo de la calle como si estuviera sobre césped. Al día siguiente tenía un dolor en la rodilla que no veas, y aún me duele todavía. Y la rodilla en carne viva. De todo esto me di cuenta a la mañana siguiente cuando me desperté..., imagínate el pelotazo que llevábamos...
       -Vaya dos colgados estáis hechos... El alcohol es muy peligroso. De un gran ciego puedes perder completamente la conciencia y cometer locuras. Y la marihuana ilegal. Parece de coña. Dime tú qué locuras se cometen tras fumarte un porro..., no pierdes el control del tus actos, conservas la conciencia, no se te olvidan las cosas al día siguiente como a Gil... Pero claro, el alcohol es legal por la historia que tiene en nuestra sociedad. Por cultura y tradición. Siempre se ha bebido alcohol en España.
     -Yo tampoco entiendo por qué es ilegal la marihuana, y no crea dependencia como ocurre con el alcohol. Además sería una fuente de riqueza para el Gobierno. Podrían legalizar la marihuana ahora en crisis en vez de hacer tantos recortes sociales.
       -Ahí la has dado primo: Con lo que ganara el Gobierno en impuestos no tendría que atrasarle la edad de jubilación a mi padre, que está hasta los cojones de tirar pintas en el bar.
     -Y es que además es una tontería que la marihuana sea ilegal, porque está muy extendida en la sociedad, fuma mucha gente. La gente no va a dejar de fumar porque sea ilegal, y el dinero que el Gobierno no se ingresa con su ilegalización se lo llevan los narcos en el mercado negro. En Holanda, por ejemplo, se fuma legalmente prácticamente desde que en España murió Franco, y se empezó a educar y a informar para un uso responsable de la marihuana. Los estudios que se hicieron mostraron que el consumo no aumentó con su legalización. De hecho, de los más de 1000 coffee-shops que se abrieron al principio de la legalización, actualmente han desaparecido casi la mitad, ya sólo quedan unos 600 en todo el país.
       -Compadre, no veas si estás tu puesto en el tema, ¿no?, jajaja.
       -Cojones, si es que está el asunto ahora muy caliente. Todos los días sale en el periódico alguna noticia sobre esto. Y bueno, te digo otra cosa: Ahora en un pueblo de Tarragona el alcalde ha decidido destinar unos solares para el cultivo de plantas de marihuana por parte de una organización de consumidores de marihuana. Con esto lo que pretende el alcalde es sanear las cuentas municipales. Vamos, salir de la crisis echando mano de esta droga blanda, igual que se hace con el alcohol. Y en el País Vasco, el Gobierno autonómico está pensando en legalizar la marihuana haciendo algo parecido a lo de Holanda: que se pueda fumar sólo en clubes privados. Y lo que pretende con esto es también salir de la crisis sin tener que ir andando con la tijera a diestro y siniestro. ¡El Estado del bienestar que se está derrumbando con tanto recorte podría salvarse gracias a la legalización de la marihuana!
       -Resumiendo, que Rajoy debería legalizar la marihuana, ¿no? Pues no lo imagino yo anunciando eso en el Congreso, la verdad, jaja, ¿te imaginas?
     -Pues no, la verdad es que yo tampoco me lo imagino. Pero sería bueno para él, sería una forma de atraer a más votantes para una posible segunda legislatura. Para potenciales votantes sería como dejar de darle la espalda a la demanda que hace la sociedad española de esta sustancia, sería darle la cara a la realidad.
       -Sí, pero quizás también legalizar la marihuana puede suponer que actuales votantes suyos dejen de votarlo.
       -No creas, ¡aún estamos a 4 años de las elecciones!, de momento el principal problema de Rajoy y de sus ministros es salir de la crisis, y si con los impuestos de la legalización de la marihuana se llenan las arcas del Estado y se dejan de sacrificar derechos sociales, quizás esos actuales votantes de Rajoy no vean con malos ojos su iniciativa. Incluso podrían considerar eso como una modernización de Rajoy y del partido a los nuevos tiempos.
       -Uhmm..., ¿y si llevamos a cabo alguna iniciativa legislativa?, no sé tronco, podemos hablar con organizaciones de consumidores de marihuana, enterarnos de cómo van las proposiciones de leyes, hablar con abogados que se dediquen al tema...
       -Paso. Nosotros no tenemos poder para hacer nada.
       -¿Tú crees?
       -En verdad, no sé.
       -Una última copa?
       -Al lío.



jueves, 29 de marzo de 2012


De oportunismos desaprovechados

       -¡Señor, señor!- se oían unas voces, entre nerviosas y excitadas, a lo lejos. Era de noche. Luna llena y cielo despejado. La luz plateada del astro lo inundaba todo, y ataviaba al mar de infinitas lentejuelas plateadas. La playa vestía de gala. Algo estaba pasando. Aquella noche se me presentó la oportunidad de hacerme rico.

       Era noche del mes de agosto, no mucho más tarde de la medianoche, quizás la una de la madrugada. El castillo que la claridad de la luna permitía vislumbrar océano adentro, hacia el noroeste, delataba el lugar en el que nos encontrábamos: costa gaditana, en algún punto cercano al Castillo de Sancti Petri. La sobremesa de la cena en la terraza del jardín, a pie de playa, con aquel paisaje como fondo, me había decidido a bajar a la playa a darme un baño nocturno. Hacía un calor húmedo, que provocaba la constante sensación de suciedad propia de la salitre. La sal envolvía el aire y lo hacía tan pesado que casi podía palparse. El Atlántico, tras el caluroso día que había hecho, ofrecía unas aguas templadas, más propias de balneario que de océano, y sumergirse en él en esa noche se me antojaba privilegio que no podía desaprovechar.

      Bajé a la playa, y, tras darme un relajante baño, me tumbé cuan largo era sobre la toalla que minutos antes había tendido sobre la fina arena, dejando pacientemente que aquel aire húmedo secara mi piel. Después me erguí, y, con la toalla al hombro, comencé un parsimonioso paseo, protagonizado por el encanto de aquella luz que la luna vertía sobre la playa. Fue entonces cuando divisé a lo lejos el grupo del que provenían los gritos, que se acercaba presuroso hacia mi.

       -¡Señor, ayuda!-. Aquellas voces se hacían más claras y nítidas por momentos. Alcanzaba a distinguir el grupo del que provenían los voceríos, que se acercaba corriendo por la orilla. Se trataba de un grupo de unas cinco chicas. Por el acento supuse que serían madrileñas, y por la temporada y el lugar, que disfrutaban de unos días de vacaciones en estas playas sureñas. Eran jóvenes, no tendrían más de 15 ó 16 años, aunque yo no contaba con mucho más en aquel verano de 2007: 19 años. Llegaron hacia mi histéricas, y, antes de que pudiera preguntarles el motivo del socorro, comenzaron todas a farfullar palabras, atropellándose las unas a las otras: “Estábamos dando un paseo, y de pronto vimos un barco muy cutre que estaba llegando a la orilla...”, decía una, cuando otra la interrumpía, “¡No era un barco, era una patera!”, y otra añadió “Era una patera de negritos que venían de África, así que fuimos corriendo a ayudarles”, cuando otra la interrumpió para decir “Y entonces empezaron a sacar de la patera cajas, y a ponerlas en la orilla”. Y así siguieron ellas, relatándome la experiencia que venían de vivir como buenamente sus nervios les permitían. “Pero no sabemos qué estaban haciendo, porque cuando fuimos a ayudarles nos dijeron de muy malos modos que nos fuéramos corriendo. ¡Hablaban español!”;Creemos que tenían miedo de que les descubriera la Guardia Civil, porque se los llevan de nuevo a su país, y que por eso nos decían que nos fuéramos, y que las cajas eran sus pertenencias”; Y nosotros, en vez de irnos, les dijimos que no tuvieran miedo, que podíamos ayudarlos, y entonces uno se puso violento y nos dijo que nos fuéramos corriendo si no queríamos tener problemas”;Y yo le dije que no se pasara, que mi padre era policía, que sólo queríamos ayudarlos”; Se pusieron muy nerviosos al vernos llegar, y encima cuando Ana le dijo que su padre era policía se pusieron violentos y nos amenazaron, y fue cuando nos fuimos corriendo”.

       Los semblantes de aquel grupo, que en un principio manifestaban turbación y cierto pavor, pasaron a expresar excitación y nerviosismo. Por el énfasis que ponían en contarme la historia vi que se sentían protagonistas fortuitas de una aventura. Dejé que recuperaran el resuello, y, cuando estuvieron algo más calmadas, les pregunté ciertas cosas para terminar de atar cabos. Mientras me contaban todo aquello ellas mismas asimilaban su propia historia, y noté cómo se desmoronaba la certeza que tenían de lo que creían que había sucedido. Había algo que no les cuadraba.

     Me dirigí con aquellas chicas hacia la altura de la playa donde había tenido lugar aquello que me contaban. Caminamos unos cinco minutos hasta quedarnos a unos 30 prudentes metros de donde había atracado la embarcación, y nos encontramos con un extraño escenario: Ni rastro de los supuestos negritos. Una enorme zodia negra de 10 metros de largo por 5 de ancho se encontraba varada en la orilla, con un gran motor de muchísimos caballos levantado, los suficientes como para propulsar esa enorme embarcación. El casco de la zodia estaba inclinado hacia el lado del que veníamos nosotros, lo que nos permitía ver el interior de la barcaza, donde se observaban cajas apiladas por todo el suelo, dejando el espacio justo para que un hombre manejara libremente el timón y para que otros tantos se acomodaran en tanto durase el trayecto. Los hombres desaparecidos habían empezado a sacar las cajas, que estaban esparcidas en una fila más o menos india, desde la embarcación hasta el final de la playa, donde comenzaban algunas hectáreas de bosque de pinos que por entonces aún se habían librado de la fiebre del ladrillo. Entre caja y caja había diferentes distancias, más o menos largas, entre los 5 y los 20 metros. Si hubieran estado más cercanas las unas de las otras, podría haberse dicho que estaban dispuestas para ser sacadas de la embarcación haciendo una cadena humana. Las susodichas cajas tenían forma más bien de maletín, pues en la parte superior de ellas tenían un asa para que pudieran prenderse bien, y el largo de éstas era superior a su ancho su ancho.

     La escena me sorprendió y entusiasmó. Los responsables de aquello habían salido pitando, abandonando toda la mercancía ahí, después de haber hecho lo más difícil: cruzar el Estrecho de Gibraltar pasando desapercibido. Era chocante. ¡Apenas habían comenzado el trabajo de descarga, la zodia estaba llena! Pensé que habrían huido a causa del desafortunado encontronazo con las madrileñas, que había acabado con la amenaza de éstas de llamar a la policía. Las chicas estaban confundidas, no comprendían bien qué era aquello, aunque de una cosa estaban ya seguras: aquellos hombres que llegaron de África no eran negritos inmigrantes en busca de un futuro mejor en Europa.

      La seguridad que les proporcionó al grupo de madrileñas encontrarme minutos antes y el entusiasmo que las invadió al verse inmersas en aquella aventura nocturna se disiparon rápidamente. Volvían a sentir miedo por el retorno al lugar de los hechos y por la incertidumbre de la situación. Algunas de ellas tomaron la iniciativa de llamar a la Guardia Civil, a la que le contaron lo sucedido, y la que contestó diciendo que no nos moviéramos del lugar de los hechos, pues nuestros testimonios podrían ser útiles para la pesquisa, y que no tardarían más de 5 minutos en llegar. ¡5 minutos! No tenía mucho tiempo para actuar. Los pensamientos que rondaron por mi cabeza en ese instante hicieron que se me erizara el bello y que la sensación térmica de mi cuerpo aumentara tanto hasta hacerme sudar. Me puse nervioso y empecé a sentir un hormigueo por todo el cuerpo. Miraba hacia el pinar pensando que probablemente los traficantes estarían allí expectantes, tutelando su potencial fuente su riqueza. No pensaba que estuvieran dispuestos a renunciar a aquel alijo por una simple amenaza de llamada a la policía. Se habían arriesgado a cruzar el estrecho más vigilado del mundo por los equipos más competentes en la lucha contra el narcotráfico. Ya habían hecho lo más difícil, y habían salido airosos. Por el momento habían conseguido burlar una buena temporada entre rejas. Las decenas de maletines que calculé habrían en la zodia podían alcanzar en el mercado negro un precio de cifras mareantes, quizás el dinero suficiente como para que unos cuantos hombres con dos dedos de frente pudieran vivir toda la vida. Dada la magnitud del matute no me extrañó que llevaran armas: era mucho lo que se estaban jugando.

       Me acerqué al maletín que tenía más cerca, uno de los aquella irregular hilera, para comprobar su peso. Tuve que ayudarme con las dos manos para poder levantarlo de la arena. Era realmente pesado, no sabría decir cuántos kilos pesaría. Pensé que podría excavar rápidamente un hoyo en la arena, cerca de allí, y enterrar algunos de esos maletines. Pasó por mi cabeza fugazmente el pensamiento de que con la ayuda de aquellas cinco chicas podríamos excavar un par de agujeros en un periquete, pero rehusé esta idea por el hecho de no implicar a nadie en algo tan serio. Si hacía algo, tenía que hacerlo solo. El corazón me latía tan fuerte que podía oírse. Ahí dentro había muchos kilos de hachís.

       Mientras volvía sobre mis pasos hacia el grupo de madrileñas, mi cabeza pensaba a mil revoluciones por minuto: sopesaba las contras de consumar la idea que me arañaba la mente. Podría ser que si los narcotraficantes estuvieran ahí al acecho, como pensaba que así era, que salieran de su escondite al verme coger alguno de sus paquetes, y que tomaran represalias. O también podría ocurrir que llegase la Guardia Civil, pillándome con las manos en la masa enterrando uno de los paquetes, y que me detuvieran.

     -¡Luces!, ¡son coches!, ¡vienen coches por la playa!- comenzaron a gritar las madrileñas. Efectivamente se veía cómo se acercaban rápidamente varios todo terreno por la playa. Tanto las chicas como yo pensábamos que sería la Guardia Civil, como efectivamente comprobamos cuando se acercaron un poco más. El convoy se componía de 4 Land Rover y de al menos 16 hombres de la benemérita. Dos vehículos pararon al lado de la embarcación, cada uno a un lado, iluminándola, otro paró a espaldas de la orilla, alumbrando la fila de maletines que iba desde la zodia hasta el pinar, y el cuarto aparcó a nuestro lado. Por primera vez en toda la noche vi como el rostro de aquellas chicas se relajaba. Respiraban, descargaban tensión. Yo no podría describir cómo me sentía. Por mi cuerpo y cabeza pasaban sensaciones y pensamientos contradictorios. Los guardias civiles descendieron de sus vehículos. Los que pararon al lado de nosotros vinieron a nuestro encuentro. Las madrileñas los recibieron como héroes y les comenzaron una vez más a contar la historia mientras uno de los guardias levantaba atestado. Yo estaba callado, ligeramente apartado de ellos. Estaba confundido. Otro grupo de guardias civiles se acercaron a la zodia encallada en la orilla, y la alumbraron con linternas de alta potencia. Me acerqué hacia ellos. “Sí, se trata de una operación de gran magnitud. Por lo menos tenemos aquí dos toneladas”. Después se dirigieron hacia el primer maletín que había en la arena, y uno de ellos cogió una navaja he hizo una raja en el mismo, tras lo cual, con la misma hoja de la navaja, extrajo una muestra de aquella sustancia de color entre ocres y marrones. Se llevó la muestra a la nariz y dictaminó con voz grave lo que todos sabían: “Hachís”.

      Los Guardias Civiles analizaban el alijo de hachís con caras de seriedad. Cada uno sabía lo que tenía que hacer. Se les veía con experiencia. Pertenecerían a un equipo especializado en operaciones antidroga. Varios agentes se acercaron a la zodia para comenzar a descargarla de paquetes. La zodia estaba encallada en la orilla, por lo que para subir a ella había que mojarse los pies hasta por encima de los tobillos. Los guardias se quedaron a unos metros de la orilla indecisos: para nadie era agradable meter en el agua los pies calzados con esas pesadas botas. Viendo la escena, y por la curiosidad de subirme a la barca y ver aquello más de cerca, me acerqué al grupo y le ofrecí mi ayuda: yo estaba en bañador a causa del chapuzón que había ido a darme en la playa. Ellos no ofrecieron pega alguna y se mostraron agradecidos. Ya se habían acostumbrado a mi presencia en el meollo del asunto. A pesar de estar inclinada la zodia, apoyada sobre uno de sus laterales en la arena, tuve que ayudarme con los brazos para montarme en ella. Por dentro la barca parecía aún más grande de lo que parecía por fuera. A pesar de estar prácticamente llena, había hueco para por lo menos diez hombres. Los paquetes que los narcotraficantes habían sacado habían estado dispuestos en los niveles superiores, por lo que el espacio que ahora mismo se veía que había en el suelo era el mismo que habían tenido los narcos durante el viaje. Había muchísimos paquetes. Así uno de ellos y se lo tendí al agente que se había resignado a acercarse conmigo hasta la zodia, mojándose las botas. Éste se lo pasó al siguiente, también con las botas caladas, y este al siguiente, ya en terreno relativamente seco y firme. Los guardias civiles habían formado una especie de malograda cadena humana para ir sacando los fardos. Uno de los agentes trajo de uno de los coches una báscula y pesó uno de aquellos paquetes. 35 kilo. Mientras seguía sacando fardos de la motora se subieron un par de agentes a la zodia para hacer lo propio. Me dijeron que no hacía falta que siguiera ayudándoles, que ellos podían. Se mostraron agradecidos por mi disposición. Me bajé de la zodia y me alejé de ellos con aquel número en la cabeza: 35.

       Un poco apartados de los guardias civiles vi que seguía el grupo de madrileñas. Parecía que ya habían terminado los guardias de levantar testimonio de la experiencia que habían vivido las chicas. Me acerqué a ellas. Respiraban tranquilas y comentaban emocionadamente las vicisitudes que aquella playa gaditana les había preparado para esa cálida noche. Me ofrecieron ir con ellas a tomar algo a los chiringuitos que según decían no estaban lejos de allí, pero rehusé la invitación. Tenía ganas de estar solo. Me despedí de ellas y encaminé la orilla en sentido opuesto al que llevaban, camino a casa. Iba sumido en amargos cálculos:

      35 kilogramos por maletín. En el mercado negro se vendía el gramo de hachís de calidad media a unos 3€ aproximadamente. El alijo de esta noche, que no podía venir sino de Marruecos, y que sería de la calidad más pura, lo que vulgarmente se conocía en la calle como “hachís doble cero”, era el hachís más puro. Aún no estaba mezclado con otras sustancias para aumentar su volumen y sacarle así más rentabilidad en el mercado. Un producto así se podía vender por 5€ el gramo al por menor; al mayor, vendido por kilos para deshacerte antes del marrón, a 1 o a 2€ el gramo. Si había 35 kilogramos por maletín, a razón de 1 euro el gramo, se sacaban 35000€. A 2€, 75000€. Una fortuna. Una fortuna que había desaprovechado.



domingo, 11 de marzo de 2012


(De)predadores y presas


       En este blog vamos a refrescar un conflicto que la sociedad española tiene relativamente olvidado, pero en el que el Gobierno de España (del que no quiere oír hablar ni en pintura) y los españoles estamos íntimamente vinculados, y del que somos responsables principales. Vamos a hablar del martirio que sufren y que llevan sufriendo los saharauis desde hace más de 30 años, desde 1975.


      Comencemos con una breve cronología: Aunque el conflicto propiamente dicho comienza a la muerte de Franco, todo empieza a gestarse hace más de una centuria, en la época dorada de los imperios europeos, cuando las ambiciones expansionistas y colonialistas de las naciones de este continente los llevaron a convocar la Conferencia de Berlín en 1884, cuya empresa no era ni más ni menos que la de repartirse África. Como quien se reparte un pastel. Con dos cojones. En esta conferencia España pidió administrar unos territorios que se encontraban entre Marruecos y Mauritania, dando a la costa por el oeste y con Argelia por el este, y que estaban habitados por tribus nómadas independientes las unas de las otras. Estas tribus no constituían organización estatal alguna, pero entre ellas había, como siempre ocurre con la “madre patría”, sentimientos de identificación hacia sus tierras, hacia las tierras que les daban de comer.

      Años más tarde, en 1958, España pasa a incorporar a la colonia africana a su organización territorial, denominándola provincia española. Poco después, en 1973, los saharauis crean el Frente Polisario (organización político-militar armada del Sáhara Occidental para la independencia) para luchar contra la presencia española en su territorio.

      En 1975, con Franco moribundo, España se ve obligada a abandonar el Sáhara Occidental ante la ocupación del territorio mediante la Marcha Verde por Marruecos. Esta ocupación, que se publicitó de pacífica, y que fue financiada y diseñada en gran parte por los que alardean de valores democráticos, los Estados Unidos de América, acabó bombardeando ciudades. Esto sería el inicio de una pesadilla que aún perdura hoy. Marruecos ocupó el norte del Sáhara y Mauritania hizo lo propio por el sur. Este año el Sáhara deja de ser provincia española. En este contexto, el argumento marroquí que intenta legitimar esta acción son motivos políticos e históricos: “El Gran Marruecos”, que debía extender sus dominios por todo el noroeste africano. Este Gran Marruecos era, y es, una política fascista y expansionista que carecía por completo de legitimidad. No obstante, el motivo real de esta ocupación fue el el descubrimiento por los españoles de los incalculables recursos naturales de que disponía el terrotorio saharaui. El que España estuviera atravesando una etapa de tensión con Franco dando sus últimos suspiros fue bien aprovechado por Marruecos y Mauritanua, nos puso entre la espada y la pared, y todo ello desembocó en los vergonzosos y patéticos para la historia española “Acuerdos Tripartitos de Madrid”, en virtud de los cuales España se comprometía a salir del Sáhara Occidental, pasando a compartir la administración de este territorio con Marruecos y Mauritania.

       Un año después, en 1976, la ocupación provoca el éxodo de gran parte de la población saharaui, yendo a parar a los campos de refugiados que el Gobierno argelino dispuso en su territorio para los inmigrantes, justo en la frontera con el Sáhara. Por este entonces decreta el Frente Polisario el nacimiento de la República Árabe Saharaui Democrática (RASD), de amplio reconocimiento internacional en la actualidad. Con la RASD la población del Sáhara Occidental se constituye ya como una nación propiamente dicha, pero en el exilio.

       Desde 1975, como vemos, el Frente Polisario cambia de ocupador y comienza una nueva guerra armada contra los nuevos inquilinos de sus tierras. Al ocupador más débil, Mauritanua, le flaquean las fuerzas ante las ofensivas saharauis y se le obliga a capitular, firmándose la paz. No obstante, en cuanto se hubieron retirado los mauritanos del sur, llegó Marruecos como ave de presa y terminó de ocupar el resto del territorio saharaui.

      En 1980 el Gobierno marroquí reduce en gran medida las posibilidades militares del Frente Polisario, pues comienza a construir un “muro” que divide el Sáhara Occidental de este a oeste, quedando la parte oeste ocupada por Marruecos, y la este, ésteril, por los autóctonos. De esta manera tan sutil afianzó Marruecos su posición en la parte rica del territorio saharaui.

       En 1988, 18 años después de iniciado el conflicto, la Organización de Naciones Unidas, sin faltar a sus costumbres, se decide a entrar por fin en escena. Se crea la Misión de Naciones Unidas para el referéndum en el Sáhara Occidental (MINURSO), que será la encargada de ejecutar el plan de paz que ha ideado y que tanto Marruecos como el Frente Polisario aceptaron. Este plan de paz consiste en la realización de un referéndum para que los saharauis puedan ejercer el derecho a la autodeterminación de su pueblo. También tendrá como función supervisar el alto al fuego acordado. No obstante, el referéndum, planeado para 1992, no llega a realizarse, pues no había acuerdo sobre cuál debía ser el censo a utilizar. El Frente Polisario defendía que el censo a utilizar debía ser el realizado por España en 1974, y Marruecos, por su parte, sostenía que en el censo debían incluirse también a los marroquíes que ocupaban el territorio. Desde entonces hasta hoy aún no se ha realizado el referéndum debido a estas discrepancias sobre el censo. Y mientras tanto continúa la guerra entre Marruecos y el Frente polisario, y la opresión del primero sobre el segundo.


       Muro de la vergüenza: En este conflicto tiene un papel muy destacado el muro al que antes hemos hecho referencia. Aunque no es tan popular como el ya caído muro de Berlín, o los muros de Ceuta y Melilla, es tan vergonzoso como el que más. Cuenta con más de 2700 kilómetros de longitud, recorriendo de norte a sur todo el territorio saharaui, y dividiéndolo de este a oeste. Al oeste se encuentra la zona marroquí ocupada, la zona rica que se abre al Atlántico, permitiendo que Marruecos explote ilegalmente y se enriquezca de los yacimientos de fosfatos (de los más grandes del mundo), del banco persquero (el mayor de África), así como de la sal, hierro, gas y petróleo que existen ahí. Y al este están los territorios liberados del Sáhara Occidental, que son territorios estériles y desiertos. El muro se compone de arena, piedras, alambradas y minas, y está custodiado 24 horas por más de 160000 soldados marroquíes. Destacar que EEUU y Francia pusieron su tecnología al alcance de Marruecos para su creación. Fue construido para defender la zona ocupada de los ataques del Frente Polisario, garantizándose así total impunidad para con los recursos naturales que ahí se encuentran. El muro impide así mismo la unificación del pueblo saharaui, y que aúnen sus fuerzas para luchar contra la ocupación y contra la represión. El muro ha dividido a la población saharaui y a sus familias, que, desde su construcción, que duró 7 años (1980-1987), llevan sin poder verse. Parte de las familias están en territorio ocupado, al oeste del muro, parte en los territorios liberados, al este, y parte también en los campos de refugiados del desierto argelino.


       Testimonio de un saharaui que se encontraba en la parte este del muro, la estéril: “Tener tan cerca la patria y no poder llegar es como morir de sed cerca del pozo”.


       Abordando otro punto, que no tema, seguro que aún permanece, al menos en la recámara de vuestra memoria, el recuerdo de aquella activista saharaui de nombre Aminetu Haidar que tanta repercusión tuvo en los medios. Esta mujer permaneció en huelga de hambre desde el 15 de noviembre de 2009 hasta el 17 de diciembre del mismo año (algo más de un mes), y conmocionó y concienció a gran parte de la población mundial sobre este conflicto. ¿Por qué dejo de comer?: Proveniente de EEUU, al entrar en El Aaiún, en el aeropuerto, escribió en el requisito administrativo, en el apartado de la nacionalidad, que era ciudadana saharaui, no marroquí. Las fuerzas de seguridad marroquíes, al leer esto, la detuvieron, desposeyeron de su pasaporte y deportaron a las Islas Canarias. Allí, nada más aterrizar, en el mismo aerpuerto, inició una huelga de hambre reivindicadora de su derecho a ir a El Aaiún y a poder constar que tiene nacionalidad saharaui, y denunciante de la complicidad del Estado español con Marruecos. Este vergonzoso suceso por parte de Marruecos provocó numerosos movimientos civiles y acciones diplomáticas de presión por parte de la ONU, EEUU y Francia (fachada democrática: hipocresía gratuita) hacia este país para que Aminetu Haidar pudiera regresar a El Aaiún. Finalmente, la activista pudo volver a la capital de su país.

       El caso Aminetu Haidar (que por cierto sufrió cuatro años de prisión y torturas entre 1987 y 1991) constituye tan sólo un ejemplo de las atrocidades que el Gobierno de Marruecos lleva a cabo en el Sáhara Occidental desde 1975, cuando la Marcha Verde ocupó el país. La finalidad que persigue esta represión es sembrar el pánico entre la población saharaui que apoya al Frente Polisario. La práctica de esta represión se traduce en detenciones arbitrarias, con condenas que llegan hasta la cadena perpetua o la pena capital; torturas en los procesos interrogatorios, como pueden ser la ingestión de excrementos por la fuerza, arrancar uñas de pie y manos, aplicar descargas eléctricas en los genitales, la penetración del ano con botellas...; destrucción de pozos, tiendas, aldeas y matanza del ganado en la población nómada del este del territorio, con el fin de obligar a éstos a emigrar a las ciudades para un mejor control sobre éstos de los marroquíes; crímenes ecológicos; así como atrocidades tan grandes como el enterramiento de saharauis vivos en fosas comunes (a lo que permítanme que denomine genocidio) o el lanzamiento de éstos al vacío desde helicópteros.

       El Gobierno marroquí encubre estas prácticas represivas con la ocupación militar del territorio del Sáhara Occidental y con el control de los medios de comunicación (con lo cual, aparte de lo dicho, que no es poco, hay más de lo que no tenemos ni idea). Según las propias declaraciones de Aminetu Haidar: “El problema del Sáhara Occidental es el bloqueo informativo.”

       Todas estas violaciones de los derechos humanos no encontrarán fin hasta que el Sáhara Occidental no ejerza el derecho a la libre determinación de su pueblo a través del referéndum, y, como consecuencia, Marruecos deje de ocupar ilegalmente su territorio.


       Y si vergonzosos son tanto las sistemáticas violaciones de los derechos humanos como el anteriormente mencionado muro, al mismo nivel se sitúan las actuaciones de los países que mantienen acuerdos económicos con Marruecos, los cuales permiten y consolidan al ocupador en territorio ocupado con total impunidad. Hablemos ahora del expolio de los recursos naturales y de los acuerdos comerciales que tienen lugar en tierras saharauis.

       Como en la mayoría de los conflictos, ya sea a nivel regional, estatal o internacional, el factor económico es siempre uno de los determinantes, si no el que más, de la existencia de éstos; y el conflicto del Sáhara no es una excepción, aunque también intervienen factores históricos y políticos, como hemos dicho al comienzo de la denuncia, pero éstos son de menor envergadura.
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       Los convenios comerciales que los países europeos y EEUU tienen con la monarquía son numerosos, lo cual hace a estos países cómplices del expolio. Actualmente Marruecos es el primer exportador mundial de fosfatos, y los países occidentales los grandes consumidores. Según la Organización Mundial del Comercio, en 2007, más del 70% de las exportaciones realizadas por Marruecos tuvieron como destino la Unión Europea. De la misma manera, en 2006, la UE y Marruecos llevaron a cabo un convenio de pesca que incluía las aguas del Atlántico pertenecientes al Sáhara Occidental. La gota que colma el vaso es el hecho de que, de las 119 licencias de pesca que se concedieron a la UE, 100 fueron precisamente para España, país ex colonizador del Sáhara y responsable del proceso independentista de éste (responsabilidad reconocida por la ONU). Expirado el pasado mes de febrero dicho acuerdo de pesca, este tema se encuentra actualmente en el Parlamento Europeo, discutiéndose sobre la creación de uno nuevo. Sin vergüenza alguna, estos acuerdos entre España y Marruecos son silenciados por la clase política y por los medios de comunicación españoles. Actualmente, empresas americanas y francesas tienen licencias de extracción de gas y petróleo en la costa saharaui, lo cual consolida relaciones entre estos dos países, que justamente son miembros del Consejo de Seguridad de la ONU, y el reino de Marruecos. Esto implica que a la hora de tomar el Consejo de Seguridad medidas para erradicar la situación de ocupación ilegal de Marruecos, que estos dos países puedan ejercer su derecho de veto y bloquear así las medidas.

       Como vemos, a la mayoría de los países consumistas les conviene que Marruecos ocupe el Sáhara Occidental. No hay voluntad política de terminar con la ocupación. Estos acuerdos comerciales son la gran estrategia de Marruecos para consolidarse como potencia ocupante.


       Veamos ahora cuál es la base jurídica que apoya mis argumentos:

   Como conflicto internacional, el derecho que aquí entra en juego es el Derecho Internacional. Y el Derecho Internacional por antonomasia es el derecho que ha emanado de la ONU y de sus organismos a partir de la segunda mitad del siglo pasado.

       Uno de los mayores logros de la Organización de Naciones Unidas ha sido el proceso de descolonización del continente africano. A día de hoy, todos los pueblos de África han ejercido su derecho a la autodeterminación, sin perjuicio de los problemas que se han derivado en la mayoría de los casos de la incapacidad de autoadministrarse del territorio desconolonizado, lo que ha dado lugar a las guerras civiles que hay y a las que ya acabaron (lo cual no deja de ser un despropósito). Todos han ejercido su derecho a la libre determinación, menos uno: Sáhara Occidental.

       El punto de partida del proceso independentista del continente africano comenzó con la resolución 1514 de la Asamblea General de la ONU de 1960, sobre la concesión de la independencia a los países y pueblos coloniales. Importante papel es el que le corresponde desempeñar a España a la hora de aplicar esa resolución, en virtud de su posición como ex potencia colonizadora. Ésta es una obligación internacional de España reconocida por la ONU, y no se puede desprender de ella el actual Gobierno de Rajoy, tal y como hizo el anterior Gobierno de Zapatero, que prefirió mostrarse neutral e incluso condescendiente con Marruecos con tal de no confrontar intereses norteamericanos y franceses. La responsabilidad del Gobierno español respecto del Sáhara Occidental concluirá una vez que se realice el referéndum.

       La Corte Internacional de Justicia dictaminó en 1975 que la resolución 1514 era aplicable al caso del Sáhara Occidental: Se estaba reconociendo que la ocupación era ilegal y por la fuerza, y que Marruecos violaba el derecho fundamental de los saharauis a su libre determinación. No existe, por tanto, soberanía reconocida de Marruecos sobre territorio saharaui, por lo que no se puede considerar éste como parte integrante de aquél. De esta manera, el territorio saharaui y todo lo que existe en él pertenece al Sáhara Occidental, por lo que la explotación de los recursos naturales que Marruecos lleva a cabo es ilegal, y, así mismo, todo país debe abstenerse de comerciar con Marruecos, pues esto supone reconocer esa soberanía que no existe.

       Como último recurso jurídico, la continuación de la ocupación ilegal por la fuerza podría dar lugar a la aplicación por el Consejo de Seguridad de las medidas del Capítulo VII de la Carta de la ONU, es decir, la interrupción de las relaciones económicas y diplomáticas y de las comunicaciones con Marruecos, así como la utilización de la fuerza para restablecer la paz y seguridad internacionales. No obstante, esta vía es poco probable debido a que, como hemos remarcado ya, Marruecos cuenta con el derecho de veto de EEUU y Francia en el Consejo de Seguridad.

     Así mismo, la Sociedad Internacional tiene la responsabilidad política y moral de esclarecer la verdad sobre las numerosas violaciones de los derechos humanos que ha llevado a cabo Marruecos sobre el pueblo saharaui desde 1975. Y Marruecos deberá indemnizar los daños.

       Desde 1991, la MINURSO (Misión de Naciones Unidas para el Referéndum en el Sáhara Occidental) entró en escena con el objetivo de establecer la paz y de que se realizara el referéndum. Se han sucedido varios planes para la consecución del referéndum, conocidos como Planes Baker I, II y III. Ninguno ha resultado exitoso. Marruecos defiende un Sáhara Occidental marroquí, con cierta autonomía, pero sin independencia. Y si se realizara el referéndum, no permitiría otro censo que no fuera con los colonos marroquíes en él incluidos. Dado que los marroquíes que hoy se encuentran en el Sáhara Occidental son mucho más numerosos que los saharauis, el referéndum manifestaría la no independencia. Por su parte, el Frente Polisario defiende el derecho a la independencia de su pueblo con el censo llevado a cabo por España en 1974, el cual incluye en él sólo a la población saharaui habida en ese momento. Éste es el censo que debe utilizarse.

       ¿Solución al conflicto por la vía diplomática?, muy complicado viendo el análisis y evolución del conflicto. Además, Marruecos cuenta con el apoyo determinante de EEUU y Francia (aparte de los acuerdos comerciales con muchos países europeos), lo que impide cualquier represalia hacia el país ocupante. El conflicto se encuentra en una situación en la que no hay guerra ni paz. Y, mientras tanto, los saharauis siguen siendo oprimidos y reprimidos en el territorio ocupado, y viviendo en precarias situaciones en los campos de refugiados. La única salida realista ahora mismo es la vía armada. El Frente Polisario ha intentado ejercer su derecho a la autodeterminación por la vía pacífica, por la vía diplomática, pero, debido a que Marruecos no quiere que se solucione este conflicto por esta vía, habrá que buscar otra. Si el Frente Polisario volviera ahora mismo a las armas, esta iniciativa tendría una absoluta legitimidad.



martes, 28 de febrero de 2012


Giorgio

       Empiezo escribiendo estas líneas a 300 km/h, de camino a la antaño Lutecia, de vuelta a casa. Sin comerlo ni beberlo he pasado de la desesperación normal producida por la supuesta pérdida del autobús que debía traerme de vuelta, a la grata sorpresa de comprobar que aún existe gente solidaria que da por el placer de dar, sabiendo que nada recibirá a cambio. La rúbrica de este artículo es el nombre de la persona que inspira el texto, y a la cual pretendo con él darle las gracias.

      Pero comencemos desde el principio, pues un final sin un comienzo es como entrar en coma en la Alemania comunista del este y salir de él una vez caído el muro, en una alemania unificada, democrática y capitalista, tal y como veíamos, y vemos, en “Good bye Lenin”.

       Comenzó todo cuando hará cosa de un mes mi amiga Tanya me comentó que en el fin de semana del 9 al 11 de febrero se celebraría en Bruselas una especie de congreso organizado por European Voice, un periódico cuya redacción informa sobre lo que se cuece en el seno de las instituciones europeas, y de tirada limitada a Londres, Bruselas, Luxemburgo y Estrasburgo, lugares estos, salvo la capital insular, sede de dichas instituciones. Este congreso tenía por fin, a través de charlas, informar sobre salidas laborales en Derecho, Ciencias Políticas y Economía, y en él habría también representantes de diversas universidades europeas promocionando sus programas de posgrado. Cuando me comentó Tanya este tema no me pareció en absoluto mala idea. Me pillaba la capital belga casi a tiro de piedra, a unos 300 kilómetros al noreste. Dicho y hecho. Solicitud de participación en las jornadas organizadas por European Voice. Confirmación días después de una plaza. Compra del billete a Bruselas con la compañía de autobuses Eurolines, que tenía comunicaciones por toda Europa y Marruecos a precios bastante asequibles, tanto más si se adquiría el billete con tiempo. París-Bruselas, 28€ ida y vuelta. No estaba mal. En Bruselas dormiría en casa de mi primo Curro, así que el fin de semana en principio no se salía del presupuesto.

      El jueves 9 de febrero llegué a la estación de autocares de Eurolines, sita en Porte Bagnolet, en la periferia este de París. Tenía prevista la compañía la salida del bus para las 14:30, pero a esa hora ahí no había nada con ruedas con destino a Bruselas. Tras una hora de retraso y de indignación entre los futuros pasajeros, que se hacía más intensa debido al frío que reinaba en la estación, pues no había calefacción y estábamos en París a cinco grados bajo cero, se dio por megafonía la no buena nueva de que el autobús venía con un retraso de 3 horas. Es decir, que aún restaban dos horas de espera. Pueden imaginarse la expresión que se dibujó en cuestión de segundos en todos los rostros entumecidos por el frío. Ante la desbordante situación que tenían en la chepa, los de la citada compañía tuvieron la lógica y práctica idea de meternos a todos en un bus que saldría en 15 minutos para Alemania, y que durante el trayecto haría escala en Bruselas, pues ese bus apenas iba lleno, y para la capital europea tampoco íbamos muchos, así que todos cupimos. Poco a poco, gracias a la improvisada solución y al calor del vehículo, fuimos los pasajeros olvidando la desagradable situación que hubiera supuesto esperar dos horas más a menos cinco bajo cero, solución que actuó incluso como amnésico, pues, por lo menos en mi caso, fui quitándole hierro a esa hora de injustificada (y no sabemos si justificable) espera.

       El bus salió finalmente, y en las tres horas cuarenta y cinco previstos, minutos arriba, minutos abajo, llegamos a nuestro destino: la estación ferroviaria de Bruxelles-Midi, la más grande de la ciudad. A pesar de encontrarse a tan sólo 300 km al noreste de París, en Bruselas las temperaturas eran mucho más bajas. A esa hora, las 20, estábamos a menos 8 grados, que se hacían mucho más acusados gracias a la gélida brisa siberiana que soplaba, que, además de congelar los alivios de los ebrios, disfrazaba esos menos 8 en menos 13. Nada más bajarme del bus, en una parada al lado de la estación de trenes, me metí en ésta para sacar mi plano de la maleta y comprobar el camino a seguir hasta la casa de mi primo, trazado en París esa misma mañana con la inestimable ayuda de google maps. Sobre el mapa el trayecto no parecía largo. Calculé unos 20-25 minutos a pie sin imprevistos, a paso de legionario. Primero tenía que llegar hasta Porte of Hall, a 5 minutos de la estación, y, una vez allí, seguir la gran avenida hacia el noreste, cuesta arriba, hasta llegar a Porte Namur, donde giraría a la calle de la derecha para desviarme luego la primera a la izquierda antes de llegar a mi destino. No parecía difícil el camino, y de echo no lo fue. Fue el frío el que convirtió un paseo de reconocimiento de una nueva ciudad en un divertido sufrimiento. Digo divertido porque antes o después sabía que llegaría a mi destino, y porque en una ciudad siempre tienes un bar donde meterte a calentarte, porque si no, no habría tenido nada de gracia. A los 10 minutos de marcha comencé a tener síntomas de congelación en orejas, nariz y manos. Apenas podía sentirlas. Si me hubieran cortado las orejas en ese momento se habrían conservado perfectamente a la intemperie toda la noche hasta que me las cosieran finalmente. Ese frío habría coagulado la sangre, haciendo innecesaria una posible transfusión. Se convirtió en urgente necesidad, por tanto, encontrar un lugar adecuado para calentarme y tomar un té o similar, y en esa gran avenida pensé que no me sería difícil encontrar un lugar así. Cinco minutos más hacia arriba encontré una especie de pequeño centro comercial climatizado que me hizo respirar de alivio, y donde lo único que había abierto a esas horas era un cine y un par de bares. Entré en el bar más tranquilo, y, antes de pedir nada, mi primera pregunta al chico que había detrás de la barra fue saber la hora de cierre del local. Dos chicas que acaban de pedir se echaron a reír al escucharme y, ante mi desconcierto, me dijeron que ellas acababan de preguntar exactamente lo mismo. Todo el mundo buscaba cobijarse de aquel frío glacial que vaciaba calles y reunía a las personas en el calor de los hogares. Como me dijera el de la barra que chaparía el local a las 23 horas, le eché un vistazo a la carta de infusiones y me pedí un té chino. Un euro. Esto ya no eran los 4€ que te sangraban en París por lo mismo. Ese agua con hierbas a 100 grados y los 45 minutos que estuve ahí me calentaron el alma, y renovaron mis fuerzas y disposición para afrontar lo que restara de camino, que no sabía cuánto era porque desconocía la altura a la que me encontraba de esa gran avenida. Aunque si ya llevaba 15 minutos de camino y lo calculé en 20-25, no debía quedar mucho. Salí a la calle para continuar avenida arriba, y grata fue mi sorpresa cuando al levantar la vista hacia delante vi el imponente edificio que constituía Porte Namur. Probablemente había visto el inmueble antes de entrar en el centro comercial, pero iba tan preocupado por evitar que se me congelaran las partes de mi cuerpo más expuestas al frío, que encontrar un lugar donde caerme muerto acaparó toda mi atención. Giré a la calle que se abría a la derecha de Porte Namur, y luego la primera a la izquierda, adentrándome por fin en la calle de mi primo. Una vez llegué al bloque de destino, me di cuenta de que ni sabía el número de su casa, ni tenía su número de teléfono. Y los nombres de los buzones y del portero automático nada útil pudieron revelarme.

       De repente caí en la cuenta de que tenía el número de la novia de mi primo, pero no podía contactar con ella desde mi teléfono móvil, pues éste, sin motivos aparentes, ya que antes de salir para Bruselas le había dado de su medicina (saldo), se mostraba reticente a dejarme llamar, actitud en la que persistiría todo el fin de semana. No conseguí hacer un diagnóstico del problema de mi teléfono porque los síntomas no tenían precedentes, aunque una vez volviera a París, más tranquilo, se me ocurriría la feliz idea de sacar la tarjeta SIM y de volverla a colocar (¡eureka!), pues quizás se había movido en uno de los muchos golpes que se llevaba conmigo. Así que, sin móvil operativo, me di la vuelta y desandé lo andado, para volverlo a andar más tarde, dirigiéndome a un locutorio que había avistado en esa misma calle. Afortunadamente pude contactar con la novia de mi primo y obtener la información ansiada, evitándome de esta manera el mal trago que hubiera supuesto llamar timbre por timbre a todos los del edificio, hasta dar con el piso de mi primo. Cuando salí del locutorio dirección a casa de mi primo, abordando de nuevo esa calle que empezaba ya a resultarme familiar, estaba mi primo Curro allí, esperándome en la calle, a los pies de su portal. Nos dimos dimos un largo abrazo, y subimos a calentarnos a su ático, donde preparó para ambos una infusión de una hierba llamada verbena que, quizás por la situación, me supo como pocas infusiones me habían sabido en mis 24 años.

       El fin de semana se presentaba bastante atractivo. Esperaba volver a París con nuevas ideas a considerar sobre mi futuro próximo, junto con las que ya tenía. El viernes por la mañana visitaría el Parlamentarium a las 9, para a las 12 y media encontrarme en el Comité de Regiones asistiendo al almuerzo que supondría la apertura oficial de las treceavas jornadas sobre estudios europeos de European Voice. El Parlamentarium es un edificio localizado en pleno meollo de las instituciones, y ofrece una visita interactiva sobre la historia de la Unión Europea y de sus instituciones. La visita (por cierto, gratuita) resultó ser tremendamente dinámica gracias a la guía multimedia de la que te proveían, y tenía un tiempo estimado de hora y media, aunque yo estuve dos y media, cuando tuve que largarme pitando al Comité de Regiones, calculando que aún me hubiera faltado un rato más. Tras la protocolaria charla de personalidades del nombrado comité, teniendo lugar mientras tómabamos un piscolabis por almuerzo, que consistían en bocadillos de jamón serrano con canónigos por un lado, y de gambas congeladas con zanahoria y mayonesa ligera (malísimos) por otro, nos encaminamos a la charla sobre Bussines and Law, y que tenía lugar en un pequeño y sofisticado hemiciclo, impartida por personalidades en la materia. La charla-debate derivó más en temas económicos, financieros y de negocios que en jurídicos, y constituyó más bien un debate donde los ponentes respondían a las preguntas como buenamente podían. Tras ello llegó la hora de la clausura, en la misma sala donde tuvo lugar el almuerzo, y donde nos convidaron a picar vegetales con jamón cocido, acompañados con vino blanco o tinto para los que gustaran, y refrescos para los que no.

       Con el atonte del vino nos fuimos Tanya, Marta y yo a caminar por la ciudad. Aún era de día y el cielo estaba despejado, y el frío no era impedimento para hacer absolutamente nada. Degustamos un auténtico gofre belga que ayudó a que nos serenáramos algo, y que sirvió de gusanillo para iniciar acto seguido la ruta del chocolate por todas las chocolaterías que proliferaban alrededor de la Grand Place, probando las muestras que nos ofrecían de esos sublimes chocolates caseros. Acabamos dicha ruta a los pies del pequeño y gracioso Manneken Pis, el monumento más popular de la ciudad junto con el Atomium, famoso por las historias que se cuentan que tiene detrás, sobre las que no hay consenso de cuál es la verdadera. Fuimos después a rellenarnos el gaznate en la cervecería Delirium Tremens, la más conocida de la ciudad, por haber obtenido en 2004 el premio Guinness de los records al local con más variedad de birras, sito justo en frente de la homóloga femenina del Maneken Pis, la Janeken Pis. Fue un viernes instructivo y ocioso. Un día intenso en el que tuvimos un contacto con los secretos mejor vendidos de los belgas.

       La segunda y última jornada resultó, ante todo, práctica. Era lo que veníamos buscando: opciones reales y tangibles sobre nuestro futuro. Primero nos dieron una charla sobre cómo meter la cabeza en el funcionariado europeo, en periodos de prácticas en el Parlamento, Consejo, Comisión, Consejo Económico y Social, Comité de Regiones, Tribunal de Justicia..., y que no resultó muy interesante, pues no nos dijeron nada que no supiéramos ya o que no pudieras sacar de la página web. Y luego llegó la hora de pasearse por los diferentes stands donde expertos en derechos humanos te asesoraban sobre tus posibilidades reales de entrar en el mercado laboral europeo, y donde las universidades ofertaban sus programas de posgrado y prácticas. Ésto último fue a lo que verdad le sacamos jugo, y donde recabamos Marta, Tanya y yo información que valía su peso en oro.

    -Bonjour. Excusez-moi monsieur, savez-vous où je peux trouver la Place de la Constitution? Je dois prendre un bus à Eurolines, et il de part là-bas.
        -Bonjour. Oui, la Place de la Constitution est de l'autre côte. Tu dois traverser la gare et voilà, tu verras la place.
        Eran las nueve y media de la mañana. Acababa de llegar al mismo sitio donde hacía tres días, en una gélida tarde, o más bien noche, el autobús me había dejado. Pero ahora no había rastro alguno de ningún autobús de Eurolines, ni de empleados de la compañía, ni de posibles viajeros. Este desconcierto llevó a cuestionarme si me encontraba en el lugar donde según mi billete saldría el autocar en 15 minutos: Place de la Constitution, nº 10, Bruxelles-Midi, el mismo sitio donde también según el billete me dejó el bus a la llegada a Bruselas. Pero si no estaba en la Place de la Constitution eso quería decir que el bus a la llegada me dejó en otro sitio diferente. Por estos pensamientos que rondaron mi mente pedí auxilio a los hombres para los que el entramado de calles y cruces de la ciudades no tienen secreto alguno, los taxistas. Tras abordar al que me pillaba más cerca de la parada de taxis que allí había, y tras agradecerle la voluntad que puso en su respuesta, pues incluso se bajó del taxi para señalarme a dónde dirigirme, encaminé la dirección que me indicó su brazo siniestro, sin parsimonia y a paso ligero, que era justamente en el lado opuesto de la estación a donde me encontraba. Mi autobús saldría en algo menos de 15 minutos. Por suerte, salí relativamente temprano de casa de mi primo esa mañana, por si se sucedieran imprevistos como el que estaba haciendo acto de presencia. Cuál fue mi sorpresa cuando al llegar a la teórica Place de la Constitution se abrió ante mis ojos un jungla de puestos donde compradores y vendedores hacían todo lo posible por casar intereses y salir lo mejor parados posibles del paso. Se me subió la sangre aún más a mis frías orejas y noté que iban a estallarme. Era domingo y había un mercadillo en la Place de la Constitution, dando la bienvenida a todos los turistas, trabajadores o residentes que llegaban a la gare Bruxelles-Midi en esa fría mañana. Aquel mercadillo me dió la impresión de ser especialmente caótico, haciendo las veces de hiedra sobre un muro: lo invadía todo sin benevolencia ni ton, ni complacencia ni son.

       ¿Qué hacer?, ¿de dónde salía supuestamente el autobús que me llevaría a casa? Aún sabiendo que nada encontraría, me puse de puntillas, y, haciendo visera con la mano izquierda, avisté el horizonte de esa gran plaza de oeste a este, en la inútil búsqueda de un vehículo de 12 metros de largo por 3 de ancho y unas 20 toneladas de peso: un monstruo de hierro como ese no podía esconderse entre puesto y puesto. Mi autobús salía del número diez de esa plaza. Me acerqué al primer puesto que vi para preguntar sobre ese número 10, y el tendero, ante mi sorpresa por su conocimiento, me dijo que ese número que buscaba, que era el establecimiento físico de Eurolines, estaba a unos cien metros, justo debajo del rótulo que rezaba “Hotel Continental”, en frente nuestra. Dirigí mi mirada hacía ahí y no vi más que toldos y gente delante de esa oficina, que estaba cerrada. Le dije que tenía que coger un autobús que teóricamente tenía que salir de ahí, y, ante la evidencia de la imposibilidad de que saliera un autobús esa mañana de esa plaza, por respuesta me llevé una cara amarga que buscaba empatizar con mi desventura, a la vez que me deseaba suerte. Abordé entonces a un policía que pasaba justo en ese momento por mi lado y le expliqué apresuradamente mi problema, pues el tiempo apremiaba y mis nervios se crispaban. Eran ya las 9:40. Tenía cinco minutos. El de placa plateada al pecho, solícito y con un ritmo de voz que se adaptaba a mi urgencia, me explicó lo más brevemente que pudo que normalmente los autobuses de Eurolines salían, efectivamente, del número diez de esta plaza, pero que los domingos, a causa del mercadillo, que salían desde el otro lado, justo desde el lugar, según sus explicaciones, del que vine yo a paso ligero hacía pocos minutos. Aquella respuesta me trastornó. Calculé que se tardaban 8 minutos en atravesar la estación andando, 6'30 a paso ligero y 5 corriendo. Antes de salir pitando le expliqué al policía que acababa de venir de ese lado de la estación del que me hablaba, y que no había rastro de ningún bus de Eurolines. El agente, haciendo oídos sordos a mi réplica, me repitió una vez más su argumento, con un tono que daba a entender que no podía refutarse, que los autocares de Eurolines no salían de la Place de la Constitution los domingos, que era imposible, ¿es que no veía el mercadillo?, que me dirigiera al lugar de donde venía, que saldría de ahí, que si no había visto ningún autobús sería porque no habría llegado aún. No tenía tiempo que perder en conversaciones inútiles. Ahí nadie sabía nada y yo ya me estaba ciscando en Eurolines. Salía el bus en 5 minutos, así que salí corriendo como alma que huye del diablo, no sin antes darle unas gracias bastante forzadas al policía.

       Mientras corría torpemente hacia donde me dejara el bus el jueves (pues ya me dirán cómo correr abrigado hasta las cejas y con una mochila a la espalda de dimensiones considerables) y mi cuerpo empezaba a transpirar (a diferencia de mi cara, que se congelaba), me vino a la cabeza la que se me antojaba aún más penosa imagen que la mía en ese momento: la de una persona mayor en mi misma situación. Al llegar al lugar donde realmente ya no sabía si encontrarme o no autobús, mis vanas esperanzas, si es que seguía albergando algunas, se confirmaron, pues la estampa era la misma que había dejado hacía 15 minutos atrás cuando salí hacia la Place de la Constitution: nada de autobuses con destino a París. Tras un par de minutos en los que me quedé parado recuperando el resuello, e intentando apartar de mi cabeza los pensamientos suicidas para con Eurolines, para pensar cómo volver a París, me percaté de que se acercaba hacia mi un señor vestido de uniforme con unas letras grabadas en la parte izquierda de la pechera, que no conformaban, tal y como me hubiera gustado, la palabra Eurolines. No osbtante, me preguntó:
       -¿Eurolines?- ¿Eurolines? Sólo escuchar esa palabra hizo que me subiera un cosquilleo de los pies a la cabeza y que brotaran nuevas esperanzas en mi de no haber perdido el autobús. ¿Es que la compañía Eurolines enviaba a este hombre para orientar a los pasajeros dada la información errónea de los billetes?
       -Oui, Eurolines.
       -Paris?
       -Oui, Paris. Où est le bus?
       -Le bus part de l'autre côte de la gare, vers la Place de la Constitution.
     ¿Cómo? ¿Se trataba de una broma pesada?, ¿acaso no sabía ese señor que a trescientos metros, en el otro lado, había una selva de puestos camuflados entre la gente que ocupaba la carretera, y, por ende, que no era posible que circulara por ahí un ciclomotor y, mucho menos, un gigante de hierro? Sentí cómo se me hinchaba la testa de sangre a causa del enfado, pero antes de explotar y de comenzar a escupir improperios contra la empleadora de ese hombre, pude templarme y explicarle a aquel señor mi situación, pues quizás tendría información interesante para mi. A fin de cuentas, había sido él quien se había acercado a mi, aparentemente para ayudarme. Le expliqué, sin esforzarme por disimular mi enfado pero sí por no faltarle al respeto, todo lo que se había sucedido en esos minutos precedentes, y que habían conseguido finalmente crispar mis nervios. El empleado se quedó pensativo unos segundos, digiriendo mi historia, para soltarme luego resueltamente:
       -Alors, si le bus ne part pas ni d'ici ni de la Place de la Constitution, il partira de la Gare du Nord, à 15 minutes à pied d'ici. Tu dois prendre le metro jusque là.
       …
   Enmudecí. ¿Se estaba mofando de mi ese señor? Ante esa respuesta ya no pude contenerme, y la frustración que me invadía se tornó en cólera, que pasé a descargar sobre aquel supuesto y desinformado empleado enviado por la compañía, y que parecía tan incompetente como su patrona. Entre tanto, se nos acercó otro señor, también de pulcro e inmaculado uniforme de letras grabadas en el pecho izquierdo, pero diferentes de las del otro, y tampoco de Eurolines, quien supuse otro empleado, a saber de quién. Se puso a nuestro lado, como queriendo intervenir en la conversación, mientras me acordaba yo de toda la familia de Eurolines. El que recibía mis descargas de ira consideró que no tenía por qué aguantarme, pues comenzó a desentenderse de la situación mientras el señor que acababa de llegar se involucraba activamente. Me preguntó el recién llegado que a dónde viajaba, a lo que cuando le dije que a París con la compañía Eurolines, me respondió que efectivamente aquel señor tenía razón, que el autocar salía de la Gare du Nord de Bruselas. Mientras me encontré una vez más contando la patética historia de la incompetencia de Eurolines, esta vez al que acababa de llegar, el primer señor que se acercó a mi se esfumó, lo que me sentó igual o peor que la información que me dio instantes antes. El recién llegado me caló el fuerte acento francés, y me preguntó por partida triple, en italiano, portugués y español, que cuál era mi lengua de origen. Le dije que español, y nuestra conversación adquirió automáticamente un cariz diferente. Se presentó como Giorgio. Ya le había contado mi historia en francés y ahora estaba haciéndolo en español, de forma más tranquila y detallada. Mi autobús lo había dado prácticamente por perdido. Me molestaba más pensar que lo había podido perder por la incompetencia de la compañía que por mi propia culpa. Me explicó Giorgio cómo llegar a la Gare du Nord de Bruselas, donde supuestamente salía mi bus, pero le dije que el bus probablemente se habría ido ya sin mi, pues la hora de partida era a las 10 menos cuarto, y ya eran cerca de las 10 de la mañana. Me respondió diciéndome que no me preocupara, que no pasaba nada, que no dejaba de ser un simple billete para una ciudad que estaba a escasos 300 km. Me hablaba como si considerase que aquello que me sucedía no fuese realmente un problema, y eso, más que irritarme, me agradaba, pues eran pequeñas dosis de optimismo ante el negro panorama.

       -Mira Enrique, ahora sale un tren para París y yo voy en él. Trabajo para el Thalys. Vente conmigo, porque si está mi amigo el revisor, en hora y media nos plantamos los dos en la Gare du Nord de París.- ¡Vaya!, aquel señor que había aparecido de la nada se presentaba como mi salvador. Entonces en ese momento la nueva alternativa hacía que pudiera barajar dos: Irme a la Gare du Nord por si estaba el autobús de Eurolines (sin garantías de que estuviera allí esperándome) o seguir a Giorgio a ver si tenía suerte y podía colarme en el tren. Me había tocado la moral la búsqueda del autobús fantasma, así que opté por la sobrevenida opción, que dentro de lo malo y lo incierto era lo menos malo y lo menos incierto. Me dejé querer por ese hombre. No obstante, todo parecía depender de que estuviera su amigo el revisor, así que con cierto escepticismo comencé a seguir a ese señor hacia los andenes del interior de la gare Bruxelles-Midi, donde nos apoyamos en una pared esperando a que llegara el tren mientras él se fumaba un cigarro. En tanto la espera, me contó que trabajaba en el bar del tren, así que si conseguíamos entrar, me dijo que me invitaría a desayunar. El optimismo y sencillez que dominaban el carácter de Giorgio fueron calando en mi estado de ánimo, mejorándolo, aunque a ratos pensaba que todo esto podía ser una especie de broma pesada, pues comenzaba a hacerme ilusiones reales de volver a París, cuando por la instancia no tenía garantía alguna de que aquella opción fuera tangible. Parecía todo un tanto surrealista. El tren llegó sobre las 10:00 horas y comenzó el flujo de pasajeros que bajaban y subían a aquel vólido ferroviario, y con ellos los empleados que, como Giorgio, viajarían también. Desde nuestra posición Giorgio no alcanzaba a distinguir si el señor que vestía de revisor, que hablaba con otro empleado, era o no su amigo. Nos acercamos un poco hasta que pudo saber quién era. Habíamos tenido suerte, era su compadre. No obstante, como toda precaución es poca cuando no se depende de uno mismo, Giorgio inventó una coartada ante posibles preguntas indiscretas de su amigo el revisor: yo sería amigo de su hermano pequeño (del de Giorgio), el cual era gay y amigo a la vez del revisor, de la misma inclinación sexual (con esto buscaba Giorgio despertar ese sentimiento de identificación que existe entre los de igual condición), y yo no hablaría francés, sólo español, así podría poner cara tonto y de incomprensión ante preguntas directas. Giorgio me dijo que lo siguiera. Nos acercamos al revisor. Él era mi billete para París. Le dijo unas palabras al oído y me señaló. Asentí con la cabeza a modo de saludo, dedicándole una sonrisa incrustada una cara de falsa seguridad que buscaba reflejara la normalidad de lo que tanto Giorgio como yo pretendíamos, como dándole a entender al revisor de que su negativa estaría totalmente fuera de contexto e iría en contra de lo acostumbrado en estos casos, y le tendí mi mano. Me la estrechó y, sin más preámbulos, me dedicó una sonrisa que significaba que tenía billete para París.

       Nos despedimos del revisor y seguí a Giorgio hacia la puerta del tren donde entraban los empleados. Por esa puerta accedimos al bar del tren, donde Giorgio dejó sus enseres para conducirme acto seguido a la sala más próxima al bar, para que hiciera yo lo propio y me acomodara, pues él, según me dijo, tenía que preparar el bar para la partida del tren. Dejé mis cosas y me senté en el asiento más cercano al bar. Estaba en primera clase, en una sala donde habrían escasos 24 asientos. En frente mía tenía a una señora mayor con anillos de oro en los dedos y un ostentoso abrigo. Y en la fila de asientos del otro lado, a mi izquierda, había un señor de mediana edad y pelo canoso leyendo el periódico, elegantemente trajeado. A los pocos minutos salió el tren. Hora y media había dicho Giorgio que teníamos de trayecto, por contra de las 4 horas de bus. Estábamos en el Thalys, el tren de alta velocidad franco-belga-alemán que comunicaba estos tres países. Estaba ensimismado en mis pensamientos cuando el tren salió de la estación. Me habían pasado muchas cosas en esos últimos 45 minutos, necesitaba relajarme y asimilar todo eso. Ese hombre, Giorgio, al que había conocido hacía apenas 15 minutos, se había volcado conmigo, con un completo extraño, y me había colado en el tren, haciendo uso del beneficio propio de trabajar para la compañía ferroviaria. La intensidad del fin de semana y de los últimos sucesos se unieron al suave meceo del tren, y actuaron como somnífero, pues empezaba a encontrarme tremendamente fatigado y tenía ganas de echar una cabezada. Pero a la vez que fatigado me sentía inspirado de bondad y buenas sensaciones. Me sentía bien a causa de la generosidad que ese hombre había vertido en mi. Tenía ganas de responder al mundo como Giorgio lo había echo conmigo, y lo primero que se me ocurrió fue escribir la historia. Así que me levanté, abrí mi mochila y extraje de ella libreta y bolígrafo, y comencé a escribir estas líneas, completamente inspirado e inundado de la felicidad de haber conocido a un ejemplar de esa especie en extinción que da que da por el placer de dar, sin esperar recibir nada a cambio. Pero a los pocos minutos dejé el bolígrafo. No era el momento. Podría seguir escribiendo en otra ocasión. Quería levantarme y hablar con él, saber cosas de su vida. Pero no hizo falta que fuera a buscarlo a la barra, porque cuando me disponía a levantarme vino él a mi encuentro. Me preguntó que si me apetecía un café, a lo que asentí sin reservas. Me erguí y lo seguí al bar, donde desde detrás de la barra me tendió una bandeja con un desayuno completo: café, galletas de mantequilla de la región de francesa de Normandía, un pastelito de crema y chocolate y un yogur. Cuando terminé de desayunar el tren había llegado ya a la periferia parisina. Estuvimos platicando en la barra prácticamente todo el tiempo que duró el viaje, donde aproveché para pedirle su contacto y darle el mío, por si algún día pasaba por París o volvía yo a Bruselas, para invitarle a unas pintas, y para mandarle un mensaje cuando estuviera publicado este texto en internet.

       Una vez llegamos a la Gare du Nord de París, por si acaso no había sido ya suficiente, Giorgio me tenía preparada una bolsa repleta de paquetes de galletas de mantequilla de Normandía, refrescos y cervezas belgas. Salimos él y yo de la estación y estuvimos hablando unos minutos al sol que lucía ese domingo en París, mientras se fumaba un cigarro. En cinco minutos tenía que volver al Thalys para subir a Ámsterdam tan rápido como habíamos llegado a la capital francesa, para volver a bajar luego a Bruselas y acabar así su jornada laboral. Nuestra conversación era alegre a la par que melancólica. Él estaba feliz de haberme ayudado, se sentía bien, era manifiesto. Cuando apagó la colilla con sus zapatos negros del trabajo, nos dimos un largo y sentido abrazo, y, mientras él se adentraba en la estación para volver a su tren, yo me iba en sentido contrario con una sonrisa y mirada perdida, dando gracias al azar por haber tenido la suerte de haber conocido a esa gran persona.